viernes 30 de septiembre del 2022

Ángel Sánchez: "Hasta yo me daba por perdido, pero he vuelto para quedarme"


UN REPORTAJE DEL Nº27 DE LA REVISTA (T)ORO. CONSULTA REVISTA COMPLETA AQUÍ 

La vida de Ángel Sánchez ha sido una montaña rusa de emociones. De tocar el cielo de novillero en Madrid, primero como triunfador del ‘Camino hacia Las Ventas’ en 2012 y después con una faena para la historia a un novillo de La Quinta en 2017, a descender a los abismos tras una alternativa con ‘adolfos’ sin el resultado que la apuesta merecía. Parecía que la dura pandemia iba a terminar de lapidar los sueños de un torero que, desmoralizado, escondió los trastos y los trajes de luces y se puso a trabajar para salir adelante. Pero una llamada este año para participar en la Copa Chenel reactivó su pasión y recuperó su ilusión. El Certamen rescató al hombre y también al torero. Y vaya si respondió: del subcampeonato del torneo a regresar a Las Ventas y cortar una oreja en el Día de la Paloma. Y tras abrir la puerta grande en ‘su’ Feria de Los Remedios de Colmenar Viejo, vuelta de nuevo a la Cátedra, donde regresa esta Feria de Otoño, otra vez con los toros de Adolfo Martín, “con la miel en los labios y el cuchillo entre los dientes”.

 

Hace un año, el nombre de Ángel Sánchez no estaba en las quinielas de casi nadie. Hoy eres uno de los toreros del año gracias a tu paso por la Copa Chenel y los triunfos en Colmenar Viejo y Madrid. ¿Qué ha pasado en tan poco tiempo?

Lo que ha pasado es la Copa Chenel. Si no es por este Certamen, yo creo que Ángel Sánchez se hubiese quedado en lo que fue en el 2019, en un matador de toros que toreó un par de corridas en Madrid y ya está. Hasta yo me daba por perdido… Si no es por la Copa Chenel no hubiese hecho todo lo que he hecho esta temporada. No hubiese toreado seis corridas de toros, no hubiese estado anunciado el 15 de agosto en Madrid y, por tanto, tampoco el 2 de octubre en la Feria de Otoño. 
 

Cuéntanos tu caso. Hubo un momento en que incluso el aficionado pensó que lo habías dejado. ¿Fue así?

Fue duro y complicado vivir ese momento de no saber qué hacer con tu vida: si querer ser torero, si seguir adelante, si dejarlo... Pero gracias a los organizadores de la Copa Chenel, que insistieron en que estuviese ahí anunciado, puedo estar ahora otra vez en el circuito de lo que son las corridas de toros, que es donde quiero estar.
 

¿Y qué pasó por tu mente en esa etapa de oscuridad?

Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Y la pandemia fue muy dura. El parón mundial que hubo en el toreo a mí me afectó el doble. Si en una situación normal ya hubiese sido muy complicado torear, imagínate habiendo toreado tan poco. Pensé que tenía que tomar una decisión porque al final eran ya 25 años los que uno tenía entonces y estaba sin nada. Era torear o ponerme a trabajar. Y en ese momento la forma más fácil de vivir o de sobrevivir era trabajar. Me puse a trabajar y dejé a un lado los toros, me olvidé donde tenía guardados los capotes y las muletas y desconecté del todo. 

Eso le da más mérito aún a lo que ha pasado este año…

Fíjate que antes de empezar este año, en Navidad, yo no tenía pensado torear. Fue todo muy de sopetón. Me llamaron y me dijeron: ‘¿Quieres torear? Pues prepárate’. No tenía nada pensado, nada organizado y mira… Ha sido la mejor sorpresa que me he llevado. 
 

Antes de aquel parón, de esta etapa complicada, tu carrera de novillero había sido exitosa, marcada siempre por aquella faena al novillo de La Quinta en Las Ventas. ¿Cómo la recuerdas? 

Pues siempre que sueño con torear se me viene a la cabeza la imagen de esa faena. Nunca se me va a olvidar el tener a toda la afición de Madrid de acuerdo con 20 muletazos. Pero igual que lo hice con 20 muletazos, también lo perdí todo con dos pinchazos. Fue muy duro, pero lo recuerdo muy bonito. La gente me preguntaba después por qué sonreía cuando daba la vuelta al ruedo si acababa de perder la Puerta Grande. Pero para mí, el hecho de haber puesto a tanta gente de acuerdo y más siendo un novillero era algo grandísimo. Es algo que ha conseguido muy poca gente. Ojalá haya muchas más ocasiones de volver a repetirlo porque tengo un gran recuerdo de ese día.
 

Es curioso porque siempre te has mostrado un torero muy eficaz con la espada…

Sí, llegaba bien seguro pero ahí falló. Y ese mismo año, después de Madrid, se da la circunstancia de que el día 20 de julio sufrí una cornada grave al entrar a matar en Valencia que me hizo mucho daño. Para colmo, en la reaparición en Villaseca de la Sagra, con una novillada de La Quinta, me volvió a coger un novillo entrando a matar y me hirió en una rodilla. Uno no quiere darse cuenta, pero es algo que al final afecta. Y desde entonces hasta ahora, que he vuelto a coger ese ritmo bueno y esa regularidad con la espada, no he sabido superar ese bache. 
 

Espada al margen, ¿qué pasó después para que aquella actuación no tuviera la continuidad deseada?

Yo me acuerdo de terminar ese año la temporada y fijarme en el escalafón. Terminé el segundo habiendo toreado 25 novilladas. Y hablaba con compañeros, también novilleros, y me decían, ‘eres un privilegiado por haber toreado tantas novilladas tal y como está la situación’. Poder acabar en el ‘top 3’ de novilleros era un orgullo, pero yo creo que no tuvo toda la repercusión que debería de haber tenido. En los sitios más importantes, donde tenía que haber un triunfo de máxima importancia, fue cuando me vine abajo, donde me hice pequeño. Y no supe hacerme con la situación. Luego, en cambio, iba a pueblos en los que triunfaba, pero obviamente no era lo mismo que haberlo hecho en Madrid, en Gijón o en Valencia.
 

¿Fue un año agridulce entonces? 

Nunca voy a decir que no fue lo que yo quería, porque ese año 2017 fue muy bonito, pero también tuvo su momento de dureza. Luego se vino todo muy encima, fue terminar la temporada y al mes siguiente ya estaba pensando en la alternativa. Se me hizo todo mucha bola, fue muy rápido y no tuve tiempo de recapacitar con lo que pasaba. Eso me terminó por pasarme factura.
 

Y después llegó esa alternativa, a todo o nada: en Las Ventas, en la Feria de San Isidro de 2018 y con toros de Adolfo Martín.

Como he comentado, la temporada anterior no terminó como uno siempre quiere, con un triunfo fuerte en una plaza importante. Se quedó todo como en tierra de nadie. Había que tomar la alternativa, puesto que ya iba a hacer el quinto año de novillero y tenía que tomar una decisión rápida. En Madrid tenía las puertas abiertas y me la ofrecieron. Yo no quería una alternativa cualquiera. Quería que fuera una apuesta, ya fuera por el cartel o por los toros. Yo creo que el aficionado lo agradeció pero tampoco tuvo el resultado deseado. Salvo el toro ‘Chaparrito’ al que Pepe Moral cortó una oreja, la corrida no sirvió. Fue más bien dura [recuerda la cornada sufrida por El Cid esa tarde]. Y llegando a torear una corrida de toros así en una Feria de San Isidro con tres tentaderos y un toro en el campo es prácticamente imposible que un triunfo aflore. Puede pasar, pero la probabilidad es mucho menor. 
 

Tras la alternativa llegan pocos contratos y después nos sorprende cruelmente la mencionada pandemia por coronavirus. ¿Sacas algo positivo de aquel tiempo? 

Sí, me quedo con haber madurado mentalmente porque como te digo, me sirvió para saber qué es lo que quiero. Gracias a eso ahora sé que verdaderamente lo que me gusta es jugarme la vida delante de un toro y que la gente disfrute viéndome. 
 

Llega entonces la Copa Chenel y te cambia totalmente el chip…

Sí, pero fíjate que no me cambia cuando se anuncian los carteles, sino al día siguiente de torear la primera corrida de toros en San Martín de Valdeiglesias. Ese día llevaba sólo el apoyo de la gente de mi cuadrilla, que son también mis amigos, de mi apoderado y de mi familia. Aparte de ellos, [y de los propios organizadores de la Copa Chenel] había poca confianza depositada en mí y eso hacía que yo me viniera abajo y, aunque afronté la corrida tomándomela muy en serio, no estaba del todo convencido. Pero llegar a una corrida de toros así habiendo toreado apenas seis tentaderos y un toro en el campo y ser capaz de hacer una cosa tan difícil como es torear despacio a un toro me hizo ver que valía para seguir siendo torero. Fue ahí realmente cuando empezó a cambiar mi vida. Desde entonces, me tomé con más responsabilidad todo, supe ya lo que quería, lo que me gustaba y me di cuenta de que como yo disfrutaba es delante de la cara de un toro. 
 

Casi ya en el presente, paramos aquí la historia y retrocedemos a tus inicios. Cuéntanos los orígenes de Ángel Sánchez y qué te lleva a querer ser torero. 

Pues yo vivía en Alcobendas y me acuerdo que había un periódico de la zona norte de Madrid que anunciaba una publicidad de la escuela taurina de Colmenar Viejo. Toda mi familia siempre ha sido aficionada al mundo del toro [su hermano fue novillero], pero nunca había habido una cercanía a lo que es un tentadero, por ejemplo. Era una simple afición de ir al tendido. Yo iba a los toros a San Sebastián de los Reyes, a Madrid, y a todos los pueblos cercanos de la zona. Pero a los 7 años me llamó tanto la atención esa publicidad que decía algo así como ‘ven y apúntate’ que empecé a jugar al toro en casa con mi hermano. Mis padres nos regañaban porque eran conscientes del peligro de ese tópico que dice que lo que empieza siendo un juego…
 

Y el juego se hizo una forma de vida tal que decidiste ser torero...

Sí. Mi padre me miró con cara de extraño, como si yo fuera un extraterrestre, un bicho raro. La primera vez que toreé fue en la finca ‘La Carrascosilla’. Y creo que fue clave para seguir adelante que ese primer día la vaca no me cogiese. Si me hubiese cogido quizá hubiera cogido miedo y…  El caso es que a los 7 u 8 años me apunté a la Escuela Taurina de Colmenar Viejo. Había como 5 o 6 chavales más. Recuerdo estar a un lado, apartado, hasta que vino el maestro Miguel Cancela, me cogió de la mano y me dijo, ‘Ven, coge la muleta’. Yo no había cogido nunca una muleta, nunca. La cogí como pude y me puse a torear. Me paró, me dijo que me fuera a las tablas y se puso a hablar con mi padre. Después supe que lo que le dijo es que, si sin saber torear había pegado muletazos buenos, algo tenía. 
 

Y con la Escuela nace tu vínculo con Colmenar Viejo.

Así es. Y ya más adelante se consolidó con la decisión de irnos a vivir allí, cuando ya empezó mi etapa fuerte de novillero. 
  

Tanto ha sido y es ese vínculo que se te considera ‘torero de Colmenar’...

Sí. Incluso desde que participaba en los primeros certámenes con la Escuela ya era ‘Angel Sánchez de Colmenar Viejo’. Y siempre que he toreado en Francia, en México, en Perú… he llevado el nombre de Colmenar porque el pueblo me ha acogido muy bien y me siento como uno más. Además como dice el refrán, el burro no es de donde nace sino de donde pace.  
 

¿Qué concepto persigue Ángel Sánchez?

Busco una forma de torear pura, la que gusta en las plazas de primera. El toreo despacio, por abajo y con mucha suavidad. Eso es lo que a mí como aficionado me pone los pelos de punta. En plazas como Madrid lo que llega al tendido es la suavidad, la despaciosidad, estar bien cruzado y con la pata p’alante. Ese es el toreo, el toreo antiguo, el toreo clásico y el toreo castellano. 
 

Por poner nombres, ¿en qué espejos te miras?

Me fijo mucho en Paco Camino. He visto la mayoría de los vídeos suyos que hay en las redes sociales y en todos los portales taurinos. Me los he visto, no quiero decir que para parecerme a él porque sería prácticamente imposible, pero sí para tener un bello espejo en el que fijarme. 
 

Por hablar de otro maestro, ¿qué importancia tiene Ortega Cano en su vida?

Siempre estaré agradecido a todo lo que me enseñó, aprendí mucho con él. A torear con el capote, a moverlo bien, a pegar bien los lances, a andar siempre en torero en la plaza… Las entradas, las salidas… Hubo un choque que no supimos resolver pero ojalá en algún momento nos podamos reunirnos y hablar.  
 

¿Y Pepe Castilla?

Pepe Castilla es como mi padre. Como si yo hubiese estado tirado en la calle y él me hubiese recogido, agarrado de la mano y llevado a su casa. Yo estaba en un cuarto oscuro del que no sabía si salir o no. Él vino un día y me dijo: ‘Ven aquí, ¿tú qué quieres?’. Yo le dije: ‘Pues a mí me gusta torear y lo que quiero es torear’. ‘Pues mañana vamos a entrenar’.  Y entonces me cogió, me centró y me puso en el camino que quiero. Por eso es un padre para mí. 
 

Volvemos al punto donde nos quedamos de tu vida tras la Copa Chenel. Vamos a la final concretamente, donde tu faena al toro de Ana Romero nos recordó a todos a aquella del toro de La Quinta. 

Mi banderillero Antonio Molina lidió muy bien a ese toro y ahí le vi un recorrido que no había visto nunca en un toro mío en la plaza. Lo vi tan fácil que fue la primera vez que me fui al centro del ruedo para empezar toreando directamente. Nunca lo había hecho, y con la mano izquierda, menos todavía. Como estábamos en la Copa Chenel, me acordé de la máxima chenelista del “pronto y en la mano” y tiré la moneda. Había que honrar el nombre del maestro y sí que hubo momentos y pasajes de suavidad en los que me imaginé toreando a ese novillo de La Quinta, ‘Pavito’. Hasta el final fue el mismo: pincharlo. 
 

Todo ocurrió dentro de una tarde de bonita y sana rivalidad con un compañero y amigo, Francisco de Manuel…

Sí, somos muy amigos, compartimos el mismo grupo. Francisco es como si fuera un hermano. De las primeras veces que él toreó en su vida fue en un tentadero haciéndome de tapia en lo de Flor de Jara y quién nos iba a decir que años después íbamos a terminar toreando juntos la final de la Copa Chenel. Fue un bonito duelo y como le dije en el brindis, ganara quien ganara, por mi parte ganábamos los dos, pero en amistad. 


Y tras esa final, pese a no ganarla, Madrid llama a tus puertas para el 15 de agosto. Y respondes con una oreja. ¿Cómo fue esa tarde?

Sobre el papel, cuando me anunciaron, creo que era la mejor corrida en la que podía estar. Tenía depositadas todas las esperanzas del mundo en la corrida de Fuente Ymbro. En una entrevista dije que sería tarde de Puerta Grande o enfermería porque sabía que a poco que se deslizara un toro podía torear y torear bien. Y si eso pasaba, al montar la espada iba a pensar que el toro o yo. Por eso lo de Puerta Grande o enfermería. La pena es que, aunque sobre el papel para mí era la mejor corrida, luego no sirvió. Es cierto que tenía muchos kilos y se paró pero hubo toros con mucha calidad, nobleza y clase. Pero lo poco que se dejó mi segundo toro me permitió demostrarle al aficionado de Madrid que Ángel Sánchez ha vuelto para quedarse. 


Ahora en Otoño, regresas a Madrid para volver de alguna manera a donde empezaste, anunciado de nuevo con la corrida de Adolfo Martín. ¿Qué ha cambiado respecto a 2018? 

Tengo muchas ganas de que llegue el día, de verme en el patio de cuadrillas con ese miedo de torear, de sentirme torero esos cinco minutos antes de empezar a liarme el capote de paseo, sentir esos nervios… Y a plaza llena. La Feria de Otoño  siempre la he visto desde el tendido y me apetece especialmente hacer el paseíllo. Además, la corrida de Adolfo me gusta mucho. Es una ganadería que me encanta y ahora tengo el doble de esperanza y el doble de confianza en esta corrida. Cuando se me ofreció se me abrió como una ventana con una luz muy grande. No dudé en decir que sí.
 

¿Se sacará la espina de la alternativa? 

Ahora tengo la miel en los labios y el cuchillo entre los dientes y creo que es el mejor momento en el que, ahora sí, puedo hacer una apuesta.